El mundo necesita mujeres libres no valientes, la lista de acoso cada vez es más larga
En la mañana, en la tarde o en la noche, ya no hay hora segura, ya no es muy tarde o muy temprano, hoy el peligro es constante, no termina, es absoluto y parece más grande que cualquier monstruo de películas de terror.
En las calles hay temor, angustia y pánico. Hace mucho tiempo las mujeres perdimos nuestra libertad. Ya no hay confianza, tenemos miedo.
Esta historia de Lucía comienza a las tres de la tarde en Grecia de Alajuela, a plena luz del día. Una ciudad poblada y conocida por ella, le provocaría uno de los momentos más impotentes y angustiantes de su vida.
Vestía de pantalón, blusa de manga larga y tenis, sin maquillaje, ropa deportiva y casual, nada extravagante. Como cualquier mujer en su vida cotidiana, haciendo mandados y comprando tortillas para la hora del café. No se necesita una enagua corta y tacones para provocar o incitar al acoso.
Caminando hacia el centro, pasa al lado de un hombre que le dice vulgaridades, ella se percata que el hombre moreno y con camisa de cuadros la perseguía, él guardaba una distancia pero le seguía el paso sin parar. Lucía tiene miedo, se coloca los audífonos y sigue caminando.
Hora de comprar las tortillas. Lucía se dirige al Palí más cercano que encuentra, cuando va a cruzar la calle, el hombre moreno la toma por el brazo.
“Yo entré en pánico, me acuerdo que venía un carro blanco y lo único que acaté fue tirármele al carro, yo dije hasta aquí me la prestó Dios”. Lucía Alfaro.
Lucía logra cruzar la carretera. Decide entrar a una barbería y aguardar ahí. En ese lugar se siente segura, hay gente y no está sola. Aún con su temor, logra explicar su situación al joven que está trabajando en negocio, él junto a un cliente que aún tenía espuma de afeitar en la cara, salen a buscar al acosador. Sin éxito alguno. Se fugó. Una vez más el acosador sale invicto.
A plena hora del día no está segura. Después de un rato, corre unos 200 metros hacía la casa de su mamá. Vuelve a su lugar seguro. Vuelve a sentir paz. Logró volver a casa.
El temor que se siente a la hora que te está pasando es increíble. El hombre moreno no está borracho. No hay justificación. Es una persona común y silvestre. Es una persona que se siente con autoridad sobre Lucía, posiblemente también sobre usted. Posiblemente también sobre mí.
Lucía se salvó, está viva. Pudo contar la historia y aprenderá a superarlo. Pero… ¿Qué pasa con las que no?
Yo no quiero ser la siguiente. Quiero vivir en una sociedad de mujeres libres, amadas y seguras. No necesitamos mujeres valientes que sepan defenderse. No más. No más acoso callejero desconsiderado y asqueroso.
Sus piropos en la calle nos hacen sentir inseguras. Nos da miedo, sentimos asco.
Hombres, nada cuesta acompañarlas a la parada, a la esquina, a la pulpería. No les toma mucho tiempo. A nosotras nos cuesta la vida. Nos están matando.
El gas pimienta, la defensa personal y chuzos eléctricos, son ahora nuestros mejores amigos y más grandes aliados.
No más. Es hora de actuar.

Lucía Alfaro, víctima de acoso callejero.